Maya

Era un sábado de septiembre, el mes de las lluvias y los festejos nacionales. Mes de trombas y trombones escandalosos que cimbraban a turnos las casas de ladrillo y madera al pasar por las pedregosas calles de Villa Bella. Septiembre era la única época del año en que la monótona Villa Bella rompía su aislamiento y se unía al resto del país para celebrar, con carnavales y desfiles pomposos, el fin de la guerra entre liberales y conservadores hacía más de cincuenta años. Pero ése sábado no era día de parrandas, era el turno para que los chubascos y nubarrones aplastaran los ánimos festivos del pueblo. La lluvia castigaba por igual las casas, las calles, los pobres animales que rondaban por ellas buscando refugio, las palmeras que las adornaban y los almendros en cada casa que eran típicos en todo el país. Los caminos y callejones estaban desolados, como era costumbre en Villa Bella. Cada hombre, mujer y niño estaba a salvo en su hogar de la furia de la naturaleza. Se encerraban en sus casas, aislados de los demás; aislados del resto del mundo, aislados de los problemas ajenos, como se encontraba la villa misma. Sólo se tenían que preocupar de los propios.

Esta filosofía propia del pueblo, era natural en todos sus habitantes. Era algo hereditario, que parecía pasar de generación en generación a través de la sangre. Para la familia Solís era la misma situación. Aquel sábado, padre, madre e hijo estaban al cobijo de su casa hecha por completo de madera. Lauro Solís, el padre, se dedicaba a repasar las cuentas y recibos de su librería. Zoila Flor, la madre, mataba su ocio tejiendo suéteres y bufandas de lana, aunque nunca se necesitaran en Villa Bella debido a su calor perpetuo. Por último, Amador, el hijo de la feliz pareja Solís, tan solo se encerró en su cuarto para poder disfrutar de sus pensamientos. No necesitaba otra actividad que meditar para dejar pasar el tiempo. Ninguna otra de las que se realizaban en Villa Bella eran originales o siquiera entretenidas, siempre se repetían. Amador sabía que su padre siempre se dedicaba cada vez que tenía tiempo a revisar los libros contables de su negocio, y que su madre a su vez tejía cosas inservibles de lana que después aprovechaba como obsequios. Sus diecisiete años, todos vividos en Villa Bella, le habían enseñado que la imaginación era el único escape de aquella realidad rutinaria, si se lograba conservar aun después de crecer y madurar.

Amador era un joven solitario, y que gustaba de serlo. Por ello era digno de ser oriundo de Villa Bella, pero era un caso extremo. No acostumbraba convivir con su familia en la forma habitual, ayudando a su padre, madre o algún otro pariente en un oficio. Él era indiferente con todos, en especial con sus padres, a quienes a veces incluso ignoraba con despecho. Demostró serlo desde bebé, cuando con sus ojos verdes no dejaba de llorar y berrear para tortura de sus padres.  Hasta que un día descubrieron que se tranquilizaba en medio de la soledad. Y a medida que crecía, siguió obteniendo con berrinches y tretas más espacio para sí solo.

Con los pocos amigos que tenía, Amador aparentaba no tenerles mucho aprecio. Los trataba siempre con frialdad y un cierto aire de obligación por el tiempo que tenía de conocer a Narciso Nochebuena y a Rogelio Rosales, sus compañeros y cómplices en aventuras y travesuras. A Narciso y Rogelio no les importaba esto, conocían a Amador tan bien como él los conocía a ellos. Fueron ellos quienes ocuparon las cavilaciones de Amador aquel sábado. Pensó una y otra vez en sus amigos, en sus andanzas. Repasó con un gusto agridulce los recuerdos buenos y las memorias malas que habían vivido juntos. Retrocediendo al pasado fue como Amador gastó el tiempo muerto y húmedo de aquella tarde. Dejó de hacerlo cuando el cansancio lo venció en su cama y se rindió al mundo de Morfeo.

Cuando despertó al siguiente día, la lluvia ya había escampado y el sol secaba los estragos del día anterior. Amador salió de su cuarto para explorar su casa. Como lo esperaba, su padre ya se encontraba disfrutando de las frutas, la leche y el pan que su madre había preparado esa mañana como desayuno. Lauro y Zoila Flor Solís dieron los buenos días con el cariño que todo padre demuestra a su hijo. Mismo que Amador no externaba, pero que sabían sus padres existía dentro de él, en algún recóndito rincón. Se sentó a la mesa acompañando a su padre, para también desayunar un poco de fruta. –Hoy hay desfile en la Avenida principal. —Le dijo Lauro a su hijo tratando de animarlo. —Deberías ir a verlo con Narciso y Rogelio. —Amador no respondió. Sí pensaba salir ese día para aprovechar unas horas de luz seca, pero no veía razón para asistir a un desfile que era igual a todos los demás que había visto en su vida. Tantos, que ya había perdido la cuenta y propósito de ellos.

Cuando Amador se satisfizo y se levantó de la mesa, Narciso y Rogelio llegaron a su puerta y lo llamaron a gritos. Amador se disculpó con sus padres y se retiró con sus amigos a vagar. Anduvieron platicando por las calles de Villa Bella, caminando si rumbo o destino fijos. Las calles estaban invadidas por un silencio muerto y habían sido olvidadas por la gente. Los únicos seres errantes por aquellos lugares eran los tres amigos. Sólo se escuchaban sus balbuceos y sus ruidosos pasos que aplastaban las hojas secas regadas por las calles o que pisaban los charcos lodosos, evidencia de la tormenta nocturna. Sin preverlo, Rogelio, Narciso y Amador fueron a dar a la Avenida principal.

El inmenso y bullicioso tumulto que se abultaba a orillas de la calle, formando una larga valla humana, contrastaba con el silencio y abandono de las demás calles. Toda la algarabía de las personas ahí presentes se debía al desfile. Justo por donde llegaron los amigos, apenas pasaba el primer carro alegórico del día. Narciso y Rogelio avanzaron con empujones entre la multitud para poder avistar el carro, llevando a Amador contra su voluntad. Amador no soportaba estar entre tanta gente, tantos conocidos y extraños. Pudieron abrirse paso hasta alcanzar la primera fila, y logrando su cometido. La vista del carro era espectacular, con sus adornos de rosas rojas y violetas azules, las cuales no podían opacar la belleza de las dos muchachas que viajaban en él. Una portaba un traje rojo y la otra uno azul, una con una banda que leía “Primavera” y la otra una de “Otoño”. Ambas portaban tiaras de plata y saludaban con una enorme sonrisa a diestra y siniestra. La reina carmesí se dirigió por un instante hacia Narciso y Rogelio, lanzando un beso. Los amigos pelearon por quien debía recibirlo, y el beso se perdió en el aire.

Amador miraba con indiferencia aquel acontecimiento tan especial para el pueblo entero. Trataba de ignorarlo un poco para restarle importancia, mientras que sus amigos habían sido abducidos a él desde el principio. Varios carros alegóricos, de los traídos de la capital, ya habían dado su ronda a paso lento por donde estaban los amigos. Amador ya estaba hastiado para entonces, y los calambres en su vientre eran señal de que pasaba del mediodía y su desayuno ya era historia. Miró la calle por la que habían llegado pensando en regresar a casa para comer, pero sus ojos encontraron un espectáculo para él mejor que el desfile y que desvaneció el hambre de su ser. Avistó, a penas por unos segundos, a una muchacha de su edad, de tez clara y pelo castaño, vestida con una blusa amarilla y una falda larga del mismo color, pero mucho más acentuado y oscuro. También vio cómo se perdía de vista al entrar en una de las callejuelas de ahí.

En ese instante, Amador sintió por primera vez la querencia, la necesidad de hacer contacto con alguien en especial. Tenía que alcanzarla y verla de cerca. Se olvidó de sus amigos y del desfile, y salió corriendo de entre la multitud hacia la callejuela. Viró en ella y continuó corriendo, mientras percibía un tenue aroma a albahcar que parecía guiarlo, hasta que llegó a la calle de la Guayaba. Ahí la volvió a ver, frente al mercado. Ella iba caminando hacia el desfile. Amador llamó con un grito su atención. Ella volteó a verlo, y en el descuido dejó caer una bolsa llena de semillas, que se desperdigaron a lo largo y ancho de la calle. Unas llegaron al mercado. Amador entonces trató de alcanzarla, pero ella siguió andando de frente hasta perderse entre los asistentes al desfile.

Amador se detuvo frente al mercado, justo donde ella había dejado caer la bolsa de semillas. La levantó del suelo pedregoso, y entonces descubrió la fuente de aquel fabuloso aroma a albaca. La bolsa estaba impregnada de aquel olor, que cautivaba a Amador de una manera extraña. Le causaba fascinación y una sensación de placer poco conocida para él. Era una sensación semejante a cuando él descubrió de más pequeño que podía ver cosas maravillosas y mágicas si cerraba los ojos y abría su mente. Emprendió la marcha de regreso a su casa sin dejar de oler la pequeña bolsa de lona entre sus manos.

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