Tabaco

Hay silencio entre nosotros. Pero no del silencio que te ayuda a pensar o relajarte. No. Es del silencio bullicioso propio de un restaurante, del tipo que surge cuando dos personas esperan mutuamente a que el otro comience la plática. Justamente así estamos Pedro y yo. Sentados frente a frente, sin decir nada, sin mirarnos, con expresiones simplemente normales. Sí, normales; sin tristeza, aburrimiento ni alegría. Rostros sin rostro.

Ambos dejamos vagar nuestras miradas a cualquier otro lado, aunque de vez en cuando nos vemos de reojo. Esperamos. Él juguetea con su vaso semi vacío. O tal vez semi lleno. No recuerdo si Pedro ya bebió de su cuba. Toma su vaso ociosamente, lo gira, lo siente, lo observa como si lo estudiara. Y esperamos un poco más.

Miro mi reloj. Pasa ya por mucho más de medianoche. Carajo, se hace tan tarde que ya casi es temprano. Aunque no tenga nada qué hacer en realidad. Tampoco Pedro. Está bien quedarme, creo. Escucho débilmente entre el ruido de la gente un poco de música. No logro reconocer la melodía, pero me conformo con pretender que se trata de alguna de mis canciones ochenteras favoritas mientras tarareo. Eso sí, no bailo, sólo mi pie se recrea. Pedro sorbe un poco de su bebida y parece también escuchar la música, a pesar de estar en otro ritmo, otro canal. La estamos pasando bien.

Me canso de ver cómo Pedro no suelta su maldito vaso, así que yo alcanzo mi cajetilla de cigarros de sobre la mesa. La siento muy ligera, por lo que la abro con cierta preocupación. No puede ser, la compré apenas hoy. Bueno, hoy no, ayer, y desde que estoy con Pedro no he fumado. Me tranquiliza  ver que queda al menos un cigarrillo. Uno solo. Uno es mejor que nada. Dejo la cajetilla en su mismo lugar. Pedro me mira directamente por primera vez mientras hago esto.

Comienzo a jugar con el cigarrillo entre mis dedos. Se convierte en mi bastón de desfile miniatura. Pedro me mira con mucho desagrado. Ahora soy yo quien molesta con mi pequeño pasatiempo por lo visto. Pedro no puede quejarse; aún tiene la evidencia de su culpa en las manos. Y se termina su bebida de un último trago. Súbitamente Pedro se torna melancólico, apretando su vaso. Más bien se aferra a él, mientras pierde su mirada en el vacío.

El vacío de la tercera silla en nuestra mesa para ser exactos. No tiene nada qué hacer allí, sólo sirve para aparentar una ausencia. Y sí la hay, casi desde siempre. Yo prefiero no hacer mucho caso de ello. Pedro debería seguir mi ejemplo, así no se rompería tanto la cabeza. Para mí, nunca estuvo, no está ni estará. Simplemente no existió. Si algo hace falta, la respuesta es otra.

Mejor busco mi encendedor. Debo traerlo por algún lado. Lo consigo con un poco de esfuerzo tras palpar todos mis bolsillos.

Ese vacío es vacío, punto. Es mejor no tratar de llenarlo o rellenarlo. Yo no me molesto con eso. Sin embargo, puede que para Pedro signifique otra cosa. No puedo saberlo, y es mejor no preguntar. Al fin de cuentas, él sabrá su asunto. Así que él pide otro trago. Atrae al mesero con ademanes torpes. Y todavía insiste en beber más.

Creo que es hora de fumar mi primero del día, aprovechando para ir parejo con Pedro. Me pongo el cigarro en la boca y me dispongo a encenderlo, pero llega el mesero después de tanto llamarle. Pobre tipo, le será un reto entender los balbuceos de Pedro. Se le puede ver en la cara la preocupación de querer hacer bien su trabajo, pero que no entiende un carajo sobre lo que pasa. Yo pudiera ayudar, puesto que conozco cada gesto de Pedro. Es un don inútil que se adquiere con el tiempo y las borracheras compartidas. Con el mesero presente, trato de disimular mi mueca de burla con el pretexto de mi cigarro y encendedor.

Tiempo. Cuánto tiempo llevo en esto. “Mucho” es todo lo que puedo decir, al igual que Pedro. Mucho tiempo, con muchas aventuras, y travesuras, y noches así como hoy: él con su versión y yo con la propia. Juntos, pero no revueltos; así deben ser los amigos. Con suficiente tiempo, todo se vuelve hábito. Y con demasiado tiempo, el hábito se convierte en vicio. Se necesita más o menos lo mismo que cuando se puede divertir con amigos sin hablar realmente. Me pregunto en qué iremos nosotros. En fin, somos jóvenes…

Yo no ayudo en la situación, sino que rompo en risa cuando Pedro comienza a actuar molesto y ofendido para con el ingenuo mesero. Creo que trata de golpearlo tontamente entre tanto manoteo, apenas con intención pero sin fuerza ni tino. Típica ofensiva provocada por sus copas: mucha valentía y poco balance. Pedro termina azotando rendido sobre la mesa ante el confundido mesero. Puedo jurar que éste no se dio cuenta del peligro físico que se salvó.

La risa hace que deje caer mi cigarrillo de mi boca justo antes de tocar su punta con la flama de mi encendedor. No dejo que caiga, lo atrapo a medio aire y casi lo abrazo con el afecto de amigo. No puedo tener ese descuido cuando es mi primero y último. No quiero quedarme solo.

Ahora sí estoy decidido a prenderlo. Sin Pedro haciendo teatro, ya no tengo distracciones. Vuelvo a colocar mi cigarro en posición y le acerco fuego de mi encendedor plateado. Puedo concentrarme relajada y cómodamente en mi tarea. Estoy equivocado…

La mirada del mesero hacia mí hace que me detenga, aunque apenas lo vi de reojo mientras él trataba de acomodar a Pedro, o despertarlo. No sé que intentaba. Y me detengo por completo, sólo mi rostro cambia y pierde su amenidad de hace unos momentos por serena confusión. Mi encendedor se apaga, y yo todavía con el cigarro en la boca. Reacciono y quito mi encendedor de frente mío para no quedar como idiota. Pero no lo suelto ni lo guardo.

Es una mirada llena de rencor seco, casi odio, remarcada por el silencio bullicioso, cortés e hipócrita entre nosotros. Pero sé defenderme también con la mirada. Cientos de insultos se disparan secretamente con ojos, cejas y pestañas. Mejor que el mesero se encargue de atender bien a Pedro, aunque esté casi inconsciente, en vez de meterse en lo que no le importa. Me siento como en un duelo del medio oeste, con nuestras miradas como revólveres.

Pero no, no es un duelo. Ni siquiera un campo de batalla. La verdad es que estoy ante un jodido paredón de fusilamiento. El mesero no es el único. Puedo sentir miradas idénticas clavárseme por todos lados. Hay varios, bastantes a mi alrededor. Es puro instinto de preservación, no necesito voltear.

Esto sí me molesta. El pobre mesero imbécil era suficiente para incomodar sanamente. Después de todo, con su trabajo, y más con su tarea del momento, podía tener un poco de mal humor. Pero los demás no tenían causa ni razón. Ni los chavos con facha de maricones a mi derecha, ni el par de ridículas cincuentonas vestidas de pirujas veinteañeras atrás de mí, ni las chavas al lado de ellas que seguramente echarán su cena por el escusado más al rato. Ninguno de ellos tiene derecho a mirarme así, porque yo no lo hago ni les critico sus verdades. Y sin embargo, ellos lo hacen. No sólo miran–juzgan. Soy su espectáculo del momento, y eso me molesta. Mucho.

Sus miradas no son ni siquiera disimuladas o discretas. Descaradamente se fijan en mi amigo y en mí, como si fuéramos un problema, una peste, algo indeseable. Ya sé ahora cómo se sienten los violadores y asesinos. Imposible que me compare con ellos. Mejor dicho, como sienten los inocentes del crimen…

Seguramente es eso. Me culpan de algo. Debe ser por lo de Pedro, no hay otra explicación. Si se incomodaron, necesitan un pretexto y alguien a quién echarle la culpa por joder su noche ya arruinada.

A la mierda con ellos. Mejor me escudo de sus miradas con indiferencia. Hago como que me vale madres, y así no pasa nada aunque pase algo. No los detendré, pero por lo menos  no me joden mi buen rato. Les estoy haciendo un favor de cierta forma al fin de cuentas. Pinches malagradecidos.

Así que nuevamente intento prender mi cigarro. Por fin logro encenderlo, pero sólo eso. No aspiro de él todavía, sería un fumar demasiado simple. Opto por posar mi cigarro entre mis dedos y hacer cada gesto vistoso que me es posible para darles a entender a los mirones que me importan un carajo. Incluso, que lo que le pasa a Pedro me importa igual. Por lo mismo me burlo del mesero, quien ahora prácticamente carga al broncudo y borracho cliente que es mi amigo.

Mi obvia risa hace voltear al mesero directamente hacia mí. Por supuesto que se trata de una provocación de mi parte. Esta vez sí nos encaramos frontalmente. Él continúa con su mirada hostil, yo respondo con la mía, apoyándome en toda la prepotencia de la que soy capaz. En ese momento, le tengo más respeto a la mierda que al sujeto.

El mesero se me aproxima, dejando caer a Pedro, quien apenas y nota una diferencia. Al parecer el mesero me va a hablar por primera vez en la noche. Puede que él ya se haya ofendido, pero definitivamente yo lo estoy más. En cuanto se acerca lo suficiente para que me escuche, no dudo en atacar primero, procurando no perder mucho la compostura por orgullo propio. Si venzo a uno, los demás también pierden. Ahora sí será un duelo.

“A ver, ¿qué quieres, pendejo?”— Digo esto con mi mejor tono de desafío, mientras aprovecho mi cigarro para posar como hombre de poder. Aspiro del cigarro para lanzarle una bocanada de humo al tipo.

La expresión del mesero es mezcla de fastidio y molestia. Hasta suspira antes de hablar para tranquilizarse un poco.

“Disculpe, pero no está permitido fumar aquí. Si lo prefiere, afuera…”

Me basta con oír hasta ahí para cambiar mi actitud de inmediato. Con gestos y unas palabras insulsas trato de disculparme. De paso apago mi cigarro. Me aseguro que todos me vean, y más de que me escuchen. No sé si funcionan mis intentos desesperados por no quedar como un hijo de puta, porque el mesero se va sin más, dejándome con la carga llamada Pedro. Creo que eso es lo justo.

Guadalajara, México.

Julio 2005.

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